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La vida nos arrolla

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Creo que fue Nietzsche quien dijo aquello de que la vida nos atraviesa. Yo, más bien, tengo la sensación de un tiempo a esta parte de que más que atravesarnos nos arrolla. Qué curiosos los caminos de la mente, qué extraño que a veces cuanto más avanzamos más nos asalta la sensación de urgencia, del miedo al tiempo perdido, de no hacer nunca lo suficiente. Qué paradójico que eso nos lleve a parar para reconocernos, para hacer las paces con esa parte de nosotros mismos. Esa parte con la que creías haber aprendido a convivir, aquello sin lo cual no serías tú, lo que fuiste, lo que serás, lo que eres. Y qué bueno que detrás de cada miedo, detrás de cada laberinto, detrás de cada herida surjan más fuertes si cabe las ganas de salir adelante. Como si el dolor mirado a la cara fuera el acicate necesario para continuar todo aquello que merece la pena. Como si el miedo fuese, en ocasiones, la vacuna contra el miedo. Desaprender lo aprendido, asumir los límites, retomar viejas batallas que se

Cuando cumplamos 40

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  "¿Dónde estaremos cuando cumplamos 40?" se preguntaba en una de sus canciones Ismael Serrano, poniendo fecha a uno de tantos miedos que empiezan a asaltarnos cuando somos más jóvenes: el del paso del tiempo. Y la cifra nos parece un abismo, un límite, una línea divisoria que separa nuestro mundo de un territorio desconocido, de una madurez sin retorno. Lo cierto es que yo en este momento no tengo la sensación de estar cruzando absolutamente nada, porque creo firmemente que avanzar, aprender, crecer, deben estar ahí siempre como parte de este viaje. Pienso, en otras palabras, que no somos totalmente maduros nunca, ni tampoco creo que haya que serlo. Algunos dicen cosas como "yo no quiero ser un adolescente de 30 años" "o de 40" cuando consideran que algo debe estar presente en solo una cuadrícula, que solo cabe a un lado de la línea, en una esquina del pasado. Están en su derecho. Yo, sin embargo, soy de esas otras personas que siguen pensando que la curi

Otoño

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A mucha gente no le gusta el otoño, pues opina que es una época triste y melancólica. A mí, sin embargo y para variar, me encanta. Quizás sea porque tengo asumido mi lado triste y melancólico, puede ser. O a lo mejor resulta que muchos confunden la serenidad con la tristeza, la paz con la melancolía, el silencio con el aburrimiento. Y ya se sabe. ¿Qué dirán? Esa otra religión que ha abierto en las redes nuevos templos del descrédito. Será porque los tipos así solemos consumir poco, lo justo. Lo que sí es seguro es que perder todos estos grados es para mí como soltar lastres, como dejar de cargar con el peso de una culpa, de las dudas o de la desesperanza. “En la orilla dormida de la tarde, hay olas de silencio y de tristeza” dejó escrito García Montero. Pensaba en todo ello cuando paseaba por la playa completamente a solas, con una quietud solo comparable a la de después de la batalla, mojando mis pies en un mar quién sabe de qué cosas testigo. Y sonreía. Que se queden ellos con todos