La realidad es un mapa sin señales

La realidad es un mapa sin señales. Uno camina, espera, retrocede, avanza, se equivoca, cae mil veces, se enamora, imagina. Como en un sendero o en un viaje, creemos tener claro el recorrido, el inicio, la llegada. A veces, porque en otras ocasiones nos limitamos a seguir las indicaciones, las señales que dejaron otros, sus huellas. Dejamos que asuma el mando un piloto llamado automático.

Pero de una forma u otra vamos con los ojos vendados. La vida nos pone delante encrucijadas, se ramifica como un árbol viejo y sabio. ¿Cuál es el mejor camino? ¿Cuál la decisión correcta? Y hacemos crecer nuestra ilusión, seguimos a nuestro entusiasmo, miramos al futuro. "El destino es un precipicio en el cual caemos solo si lo miramos por demasiado tiempo" dejó escrito Blaga. Pero casi nunca escuchamos las advertencias de los escritores, porque la vida es muy corta, porque el presente apremia o porque somos muy tercos o muy inconscientes. Y caemos en un abismo hecho de  nieblas del pensamiento y de noches eternas. El mundo da vueltas en torno a nosotros mismos, se reduce a una maraña de entelequias y emociones, de sueños encontrados, de miedos, de temor a que nuestra elección nos lleve al fracaso. Al fracaso mudo de intuir que, si elegimos la ruta equivocada, se derrumbará todo aquello en lo que creímos, que podremos herir a aquellos a quienes amamos, que no llegaremos ya a dónde un día decidimos llegar ni seremos aquel que un día soñamos. 

La vida se ramifica como un árbol viejo y sabio. O tal vez, parafraseando a Cernuda, no es la vida, somos nosotros mismos. Y tras cada disyuntiva, tras cada dilema, como en un relato de ciencia ficción, surjan distintas y nuevas versiones nuestras. Que no consista en escoger sino en fundir, no en descartar sino en integrar. Y que, al fluir en eso, al asumir todas esas experiencias, nos hagamos más viejos, pero también más sabios. Mejores. O que simplemente se trate de no hacernos tantas preguntas, de dejar la niebla y las noches eternas y salir al encuentro de un libro, del mar o de quien nos quiere. De decidir y aceptar nuestros aciertos y nuestros desastres, los riesgos y las consecuencias, el desapego a una suerte ya echada. De concluir que de ningún modo tenemos todas las respuestas y ni falta que hace. Que solo el tiempo nos dará, si es que lo hace, algunas de ellas. Que miraremos el horizonte con la misma esperanza, avistaremos Ítaca con las mismas ganas, porque no sabemos vivir de otra manera, porque en ese deseo, en esos anhelos, habita aquello que nos hace humanos.

Que la realidad es un mapa sin señales, pero que la grandeza para caminar sin ellas está en nosotros mismos.


En Nerja, Málaga (España)


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