La vida nos arrolla

Creo que fue Nietzsche quien dijo aquello de que la vida nos atraviesa. Yo, más bien, tengo la sensación de un tiempo a esta parte de que más que atravesarnos nos arrolla. Qué curiosos los caminos de la mente, qué extraño que a veces cuanto más avanzamos más nos asalta la sensación de urgencia, del miedo al tiempo perdido, de no hacer nunca lo suficiente. Qué paradójico que eso nos lleve a parar para reconocernos, para hacer las paces con esa parte de nosotros mismos. Esa parte con la que creías haber aprendido a convivir, aquello sin lo cual no serías tú, lo que fuiste, lo que serás, lo que eres. Y qué bueno que detrás de cada miedo, detrás de cada laberinto, detrás de cada herida surjan más fuertes si cabe las ganas de salir adelante. Como si el dolor mirado a la cara fuera el acicate necesario para continuar todo aquello que merece la pena. Como si el miedo fuese, en ocasiones, la vacuna contra el miedo.

Desaprender lo aprendido, asumir los límites, retomar viejas batallas que se creían perdidas o ganadas, reconocer nuestros fantasmas, hacer frente al cansancio, reencontrarnos en un abrazo. Bienvenido sea el vértigo que te lleva a todo eso. Porque rechazaste reservar del mundo solo un rincón tranquilo, como en el poema de Benedetti. Porque viste en muchos el rostro de la muerte disfrazada de seguridad. Porque a estas alturas ya no te cambiarías por nadie. Bienvenida nuestra inquietud si es necesaria para crecer, para valorar a aquellos que nos quieren, para no perder la ilusión. Ni las ganas de vivir.
Felices fiestas. Feliz Navidad. Qué paséis una feliz noche. Y, por favor, cuidaos y cuidad mucho.


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