Los Bosques de Viena. Wiener Stadtwanderweg 2. Hermannskogel.

“Los bosques preceden a las civilizaciones, los desiertos las siguen” dijo Chateaubriand. Tras pasar un día en esta maravilla, a uno se le diluye el pesimismo del escritor francés, recobra fuerzas, piensa que no todo esta perdido, agradece.

Hablo de los Bosques de Viena (Wienerwald, en alemán): más de 1000 km² de colinas boscosas, entre los Alpes más septentrionales y los Cárpatos, que llegan hasta la capital austríaca.

Poblados desde tiempos de los Ávaros en el siglo VIII, despertaron la fascinación y el miedo a criaturas fantásticas en la edad media, fueron reserva real de caza, terreno para la silvicultura, y sirvieron de inspiración a Strauss para crear su famoso vals “Cuentos de los Bosques de Viena”. 

En 2006 fueron declarados Reserva de la Biosfera, con 2.000 tipos de plantas y más de 100 especies de animales amenazados. Un lugar imprescindible para vieneses y viajeros con 14 rutas de senderismo muy bien señalizadas y accesibles a través de una completa y eficiente red de transporte público.

Nosotros nos decantamos por la Ruta 2, la Wiener Stadtwanderweg 2 por recomendación de un amigo malagueño residente en la ciudad. Este sendero circular de 10 Km y unas 3,5 h transcurre a través de prados, viñedos y tranquilos bosques hasta llegar al punto más alto de Viena, el Hermannskogel (542msm) con su torre de observación Habsburgwarte de 27 metros de altura.

La mañana la comenzamos visitando la Casa Museo de Beethoven en la que vivió los últimos 35 años de su vida. Desde allí cogimos la línea 38A con dirección a Kahlemberg, bajándonos en Cobenzl Parkplatz. Desde este lugar con vistas a la ciudad y repleto de restaurantes e incluso una granja escuela nos adentramos en la masa boscosa, en cuyo inicio un cartel nos indica la ruta y los pasos a seguir.

Y en seguida el verde lo abarca todo, deja menos espacio al cielo, nos abraza el bosque. Hayas, robles, carpes y otros arbustos aparecen en un desfile tan irregular como perfecto. Pisamos hojas secas. La humedad se puede palpar, pese a que es agosto. Ni siquiera se oyen pájaros. El único sonido es el del silencio. Respiramos.

Un grupo de niños aprende a construir una cabaña con maderas caídas. No aprenden a sobrevivir, aprenden a vivir. Nos damos cuenta de que no vemos en el suelo ni botellas rotas, ni latas ni bolsas de plástico. No existe la “basuraleza” y pronto relacionamos las dos cosas.

Se alternan los tramos oscuros, con otros de prados más abiertos. Un monumental depósito de agua y el busto de un político antisemita. Continuamos y el sendero es ocupado por gigantescos troncos de árboles caídos sobre los que crecen también enormes setas. Aquí todo es mayúsculo. Aquí, bendita cura de humildad, somos los humanos los insignificantes.

Aparece un cruce de caminos de diferentes rutas con asientos, ideal para renovar fuerzas con unos frutos secos. Un imponente cristo en una cruz de madera recibe ofrendas en un cesto. Alguien ha clavado la fotografía de una anciana. Naturaleza y espiritualidad.

Un depósito de troncos apilados para aprovechamiento maderero da paso a un parque infantil el Jägerwiese, con animales como caballos, burros, perros y gatos para los más pequeños. Junto a él, un restaurante o casa de comidas, algo tradicional en este tipo de recorridos desde tiempos ancestrales. Pero nosotros preferimos continuar la ruta y dejar el avituallamiento para la bajada.








Es cuando viene el tramo más duro, el Gspöttgraben. Una empinada cuesta que merecerá la pena, porque tras ella coronamos el Hermannskogel, el punto natural más alto de Viena. Compuesto de flysch que contiene cuarzo, caliza, marga y otros conglomerados, en la Edad Media estaba cubierto de viñedos y marcó el kilómetro cero en las medidas cartográficas utilizadas en Austria-Hungría hasta 1918.

Pero a pesar de la altura, sus vistas son pobres debido a que está cubierto de árboles. Afortunadamente está la Habsburgwarte, la Torre Atalaya de los Habsburgo, de 27 m, que nos regaló una impresionante panorámica de la ciudad con sus rascacielos, su Danubio, sus bosques. Su paz.

Construida por el arquitecto Franz von Neumann con el estilo de una torre medieval, fue financiada por el Österreichische Touristenklub (Club de Turismo de Austria) para conmemorar el 40º aniversario del emperador Francisco José I en 1888. Sus antenas de radio le dan un aspecto muy peculiar. Tras ser dañada en la 2ª GM, un proveedor de electricidad, gas y calefacción ayudó a su restauración a cambio de poder utilizarla como torre de radio.

Abre desde mediados de mayo hasta finales de octubre los fines de semana si hace buen tiempo y la entrada cuesta un euro que abonamos a un amable joven con el que conversamos en inglés. Recomendamos la subida.

Tras hacernos unas fotos y recrearnos con las vistas emprendimos el descenso hasta el restaurante Agnes Brünnl donde probamos una sopa tradicional y el clásico Schnitzel vienés (filete empanado).

A la vuelta nuevos caminos, nuevos miradores, salió a nuestro encuentro una rana, un escarabajo, y de nuevo en Cobenzl Parkplatz, lugar en el que la ruta tuvo un final curioso. Y es que nos confundimos y en lugar de coger el bus hasta el centro de Viena nos subimos en el que se dirigía a Kahlemberg, gracias a lo cual disfrutamos de un pintoresco pueblo con una iglesia, un tren y un restaurante de lujo con unas vistas impresionantes.

En definitiva, una ruta fácil con una maravilla de bosque, momentos para la espiritualidad, para la buena gastronomía, impresionantes vistas desde el punto más alto de Viena y desde distintos miradores, rarezas. Una auténtica gozada, los Bosques de Viena, que sus habitantes han sabido preservar, cuidar, respetar, mantener en buen estado. Y una llamada a la esperanza: no tenemos porque cumplir la máxima de Chateaubriand, nuestra civilización debería legar bosques. Son el único futuro habitable.












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