Una forma de habitar el mundo

Amanece en el puente, auténtico centro neurálgico de todo cuanto sucede en este barco: corazón, cerebro, alma. En esta nueva campaña de monitorización RADMED del Instituto Español de Oceanografía, el mismo mediterráneo que hace unos días nos sacudía con violencia es hoy una planicie de agua. En medio de la nada, en un punto intermedio entre la península y la isla de Menorca, encontramos ayer un resquicio de cobertura telefónica, ese milagro creado por este ser capaz de alumbrar el desastre y la maravilla. ¿Cómo estás? ¿Qué tal va todo? Te echo de menos. Pero eso ya es el pasado y la mar solo deja espacio para el presente.

El mismo sol que nos da la vida comienza ya a imponer su dictadura de calor y pesadumbre. La roseta de botellas busca ya un fondo de más de 2000 m e incontable número de años. Mientras, en las pantallas del ordenador, empiezan a surgir líneas de colores que descienden, avanzan de manera temblorosa pero implacable. Temperatura, salinidad, oxígeno disuelto... Como un electrocardiograma en las entrañas del viejo mare nostrum que navegamos desde los albores del tiempo.

La luz lo inunda todo, tanto que podríamos fundirnos en ella hasta desaparecer. Apenas se divisa Mahón a lo lejos. Un compañero y yo hablamos de Shakespeare, de esto de escribir, de cómo es el material del que están hechos los sueños. Hasta que una voz metálica desde el walkie nos anuncia que la roseta está ya en superficie y nos preparamos para continuar una vorágine que ya es, para nosotros, una forma de habitar el mundo. 






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