Tren a Sóller

El 16 de abril de 1912 los diarios sacudían la mañana con sus dosis de tragedia y muerte. El “insumergible” Titanic había desaparecido bajo las aguas del Atlántico causando gran número de víctimas. Le fue mejor a Harriet Quimby que se convertía en la primera mujer en cruzar en avión el canal de la Mancha. 

Ese día fue martes. Morían en Afganistán los peones del tablero de británicos y rusos. Se incubaba una guerra en Europa. Daban sus primeros pasos nuestros abuelos, tal vez. En España gobernaba Canalejas. Se encontraban los amantes, ajenos a la gran pandemia que llegaría años más tarde. 

Ese mismo día en un lugar remoto de la isla de Mallorca se inauguraba oficialmente una línea de ferrocarril que uniría la pujante ciudad de Sóller con la capital, Palma. Comunicación que, hasta ese momento, solo era posible mediante diligencias que salvaran los desniveles de la Tramuntana, con sus carreteras de tierra, empinadas y estrechas. 

Más de un siglo después, ajenos a esa noria, a esa mariposa en Hawai que es la historia, nos encontramos sentados en ese mismo tren. Con sus vagones de madera, con sus lámparas decimonónicas en el techo, con sus guardamaletas de rejilla, con sus silencios y sus esperas. 

Perfectamente restaurado, su mantenimiento es artesanal y la maquinaria es como las que se usaban a principios del siglo XX. Una gozada, tanto el tren en sí como su recorrido. 

Dejamos atrás Palma con su bullicio, su tráfico, sus turistas. Afuera la gente hace su vida, viene de la compra, pasea. Unos padres con sus hijos nos saludan. Son las 17:45, la mejor hora, nos aconsejó el día antes un operario. Estamos solos en el vagón. 

Cierro los ojos y minutos después entramos en la Sierra de Alfàbia, con sus 2,8 Km de ancho y 496 m de alto, barrera natural que el ferrocarril supera mediante trece túneles, varios puentes, un viaducto. 

“Entre los carriles de las vías del tren, crecen flores suicidas” escribió Gómez de la Serna. Miro tras los cristales y pienso en la cantidad de azares que nos conducen a cada rail, en los momentos adecuados, en los lugares precisos, en si disfrutamos lo suficiente para cuanto la gratitud exige. En que todo acaba. 

Pero atravesamos un túnel. O más bien él nos atraviesa como un rayo, cubriendo de oscuridad el vagón y de presente nuestro instante. Después, un mundo verde de bosques de encinas, almendros, olivos, algarrobos; de antiquísimos muros construidos con piedras; de pequeñas casas y fincas de tiempos en los que, a sus habitantes, debió parecerles el ferrocarril un milagro. Una Mallorca sorprendente para quienes solo conozcan el sol y playa que nos venden los telediarios. 

El tren va despacio, pero el tiempo vuela. Está permitido salir fuera para disfrutar de la brisa, pero elegimos el traqueteo en nuestras espaldas mientras el minutero devora paisajes. Bunyola, Puyol de´n Banya y, por último, Sóller. Tras una hora que se nos hizo corta, bajamos en Can Mayol, una fortaleza de 1606 convertida en estación. La excursión se puede completar con el primer y último tranvía eléctrico de Mallorca, que lleva al Puerto. 

Escoltado por montañas enormes, Sóller se encuentra en un ‘valle de naranjas’. En el siglo XIX, cuando la orografía imponía su aislamiento del resto de la isla, las naranjas se exportaban a Francia por mar. Algunos de los fantásticos edificios modernistas que podemos ver en el centro del pueblo pertenecieron a quienes, en aquella época, emigraron al país vecino y regresaron con fortuna. La gótica Iglesia de Sant Bartolomé, la comercial Calle de la Lluna o el Banc de Sóller hacen, junto a un urbanismo muy cuidado, que la ciudad mantenga una imagen deliciosa, muy similar a la que tuvo hace un siglo. 

Porque en Sóller no es que se haya parado el tiempo, es que lo ha hecho hasta el aire, coartado por la Tramuntana. Tan solo un trasiego, a nuestro juicio, excesivo de turistas rompe a ratos la calma que tiene esta ciudad grabada en el alma. 

Es hora de regresar a Palma, esta vez en un bus que nos lleva en media hora. Me acuerdo de las diligencias de hace más de un siglo, de las flores suicidas de De la Serna. Reclino mi cabeza sobre el asiento y me digo que sí, que hemos disfrutado lo suficiente porque, tal vez, una de las mejores actividades que puede ofrecer Mallorca al viajero sea el Tren a Sóller.



Interior del tren

Sierra de Alfàbia

Estación de Bunyola

Tren en la llegada

Tranvía

Calle de la Lluna

Banco de Sóller

Iglesia de S. Bartolomé



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